El problema de los teólogos | Devocional

A Ti se aferra mi alma; Tu diestra me sostiene.
—Salmos 63:8 NBLA.

Ese texto nos enseña que la razón por la que uno va en pos de Dios es porque Dios mismo nos lleva a Sus pies. Dijo Jesucristo que nadie puede ir a Él si el Padre no lo trae a Él; además, dijo el apóstol Juan que nosotros le amamos a Él porque Él nos amó primero.

Ahora bien, Dios nos atrae hacia Él, no para que sepamos mucho sobre Él, sino para que lo conozcamos más profundamente. Estoy seguro de que la teología es importante, pero también creo que puede ser peligrosa si solo se utiliza para saber más de Dios, y no para conocer mejor a Dios.

Una hermosa enseñanza mal utilizada

Por ejemplo, la enseñanza teología de la justificación por la fe que dice que la salvación es un regalo de la gracia de Dios a través de la fe en la obra terminada de Jesucristo en la cruz. Es una enseñanza verdaderamente bíblica y es una bendita liberación del legalismo y los vanos esfuerzos personales por ganarse el perdón de Dios.

Pero muchos han interpretado esa enseñanza en una manera que ha formado una barrera entre el hombre y el conocimiento de Dios. Sin que se den cuenta, todo el procedimiento de la conversión ha llegado a convertirse en una cosa mecánica y sin espíritu.

Como consecuencia, en la mente de ellos, la fe puede llegar a ejercerse sin que afecte para nada a su vida. Es decir, de una u otra manera experimentan un cristianismo en el que se puede “recibir” a Cristo sin entregarle el alma y sin amarle. Para ellos el alma es salvada, pero no llega a sentir hambre y sed de Dios. Ellos llegan a aceptar que el alma es capaz de contentarse con muy poco. El hombre de ciencia moderno ha perdido a Dios entre las maravillas de su mundo. Pero estas personas corren el peligro de perder a Dios entre las maravillas de su Palabra.

Lamentablemente, la mayoría de los cristianos somos afectados por algo de eso. Pero la biblia habla de que el anhelo de la verdadera alma redimida es otro. El Salmo 42 dice: “Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así suspira por Ti, oh, Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente; ¿Cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?”.

Dios es Persona

Pero nosotros casi hemos olvidado que Dios es Persona, y que, por tanto, debe cultivarse Su amistad como con otra persona. Podemos llegar a saber de la existencia de otras personas en un momento, pero no se puede conocer a esa persona a una a través de un solo encuentro. Solo después de un trato prolongado y compañerismo se logra en pleno conocimiento.

Toda relación social se origina en el trato personal de unos con otros. A veces comienza con un encuentro casual, pero con el trato continuo, dicho encuentro fugaz se convierte en la más íntima amistad. Esa amistad es la esencia misma de la vida eterna. Dijo Jesucristo: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (Jn. 17:3)”.

Dios es Persona, y en las profundidades de su poderosa naturaleza piensa, tiene deseos, goces, sentimientos, amor y padecimientos, como puede tenerlos otra persona. Si te parece demasiado que se diga que Dios tiene padecimientos, dice la biblia que en Cristo habita la plenitud de la Deidad; y resulta que a ese Cristo también se le conoce como Varón experimentado en quebrantos.

Dios anhela profundamente tener comunión con nosotros. ¿Qué tanto lo anhela? Tanto como para que Su Hijo diera su vida en una cruz para restablecer esa comunión.  Si Dios nos anhela tan profundamente, ¿cómo podríamos conformarnos solo con saber que somos salvos por creer en Jesús? ¿Cómo puede alguien que en verdad ha sido salvado no desear caminar cada vez más cerca de Dios?

La salvación solo es el inicio

Cuando creemos en Jesús nacemos de nuevo. Ese es el nacimiento celestial sin el cual no podemos ver el reino de Dios. Pero el nuevo nacimiento no es el fin del proceso sino simplemente el principio. Es el mero momento cuando comenzamos la feliz exploración en busca de las inescrutables riquezas de Dios. Es ahí donde comenzamos, pero nadie puede decir dónde nos detendremos, pues las misteriosas profundidades de Dios, Trino y Único no tienen fin.

Dijo A.W. Tozer, en cuyos escritos está basado este: ¡Divina Majestad! Mar sin límites, ¿quién podrá sondearte? Tu propia eternidad ha de rodearte.

El haber hallado a Dios y, sin embargo, seguir buscándole, es una bellísima paradoja del amor, que miran despectivamente algunos teólogos que se satisfacen con poco, pero que enciende a los hijos de Dios de corazón ardiente.

El ejemplo de Moisés

Por ejemplo, Moisés se valió de que ya conocía a Dios para pedir conocerle más: “Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos […]” (Éxodo 33: 13). ¿Y qué le contestó Dios? “Mi presencia irá contigo, y te daré descanso. (Vv. 14)” ¡¿No te gustaría que Dios te dijera eso?!

No, y después se atrevió a hacer una solicitud aún más atrevida: “Te ruego que me muestres tu gloria.” (Vv. 18). A Dios le agradó este despliegue de ardor, y al día siguiente le dijo a Moisés que subiera al monte, y allá le permitiría ver Su gloria. “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; (Vv. 19)”.

La tragedia actual

Es trágico que dejemos la búsqueda de Dios a unos pocos maestros en lugar de realizarla cada uno de nosotros. Hacemos depender toda la vida cristiana del acto inicial de “aceptar” a Cristo (palabra que, dicho sea de paso, no se encuentra en la Biblia) y no esperamos que haya después ninguna otra iluminación de Dios a nuestras almas.

Muchos han caído en las redes de la falsa lógica que dice que si ya tienes a Dios, no necesitas buscarle. Tal argumento se presenta como la crema y nata de un tipo de teología muy ortodoxa, y se da por sentado que ningún cristiano instruido en la Biblia cree otra cosa. Por eso hacen a un lado toda búsqueda sincera de comunión espiritual con Cristo, haciendo que los cultos sean meras formalidades sin vida.

Rehúyen así a la teología del corazón que ellos mismos experimentaron al principio, y que continúan experimentando multitudes de santos que no tienen una teología tan prístina como la de ellos.

La teología es algo bueno

Amo la teología, tengo muchos libros físicos y electrónicos. Estoy educado en un sistema doctrinal reformado. Así que espero que no me malinterpretes, no tengo nada en contra de la teología en sí misma. De hecho, en esta era anti intelectual, creo que es muy necesario aprender buena teología.

Y también reconozco que hay muchos todavía, en medio de esta tibieza general, que no se conforman con una lógica teología superficial. Pero se alejan llorando, buscando algún sitio tranquilo donde orar diciendo, “¡ Dios, muéstrame tu gloria!” Y es que quieren probar, tocar con sus corazones y ver con los ojos del alma al Dios maravilloso.

Mi deliberada intención con este video es estimular este deseo de hallar a Dios. Porque la carencia de ese deseo, de esa hambre, es lo que ha producido la situación actual de desgano, tibieza y desinterés en que está sumida la iglesia. El “cristianismo”, frío y mecánico que vivimos es lo que ha producido la muerte de esos deseos. La complacencia es la enemiga mortal de todo crecimiento espiritual. Si no sentimos vivos deseos de verle, Cristo no se manifestará a su pueblo de manera especial, o ¿acaso no le dijo Dios a Su pueblo: “me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón”?

Él quiere que le deseemos

¡Él quiere que le deseemos! Y es triste decirlo, pero Él nos ha estado esperando a muchos de nosotros por mucho tiempo.

 Nuestro texto del día de hoy es Salmos 63:8: “A Ti se aferra mi alma; Tu diestra me sostiene.”

Dios es el que nos sostiene, por eso Él mismo es la potencia para esos deseos de buscarle.

Cada siglo tiene sus propias características. Actualmente estamos en una época de complejidad religiosa. Es muy raro encontrar la sencillez de Cristo. Esta ha sido reemplazada por planes, métodos, organizaciones y un mundo de actividades frenéticas que se llevan todo nuestro tiempo y atención, pero que no satisfacen los anhelos del alma.

El problema de los teólogos

La escasa profundidad de nuestra experiencia, lo hueco de nuestro culto, y la manera servil como imitamos al mundo, todo indica el superficial conocimiento que tenemos de Dios.

Si queremos hallar a Dios en medio de tanta religiosidad estéril, lo primero que debemos hacer es encontrarlo a Él, para luego seguir en pos de Él con un el corazón sencillo de un niño que busca a su Padre. Hoy en día, como lo ha hecho siempre, Dios se manifiesta a los “niños” y se oculta de los sabios y entendidos.

Dios dijo: “Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová”. ¿Nos creemos teólogos? Si eso nos ha llevado a conocer mejor a Dios eso es bueno porque eso es lo que Él quiere. Pero si solo estamos obteniendo información, bueno eso tiene la tendencia a envanecer a cualquiera.

Necesitamos la sencillez de un niño

Debemos allegarnos a Él del modo sencillo con el candor y la sinceridad de la niñez. Si así lo hacemos, Dios no tardará en responder. La mala costumbre de buscar a Dios junto con otras cosas nos impide hallarle a Él mismo, y que nos revele toda su plenitud. Es en esas otras cosas donde está la causa de nuestra desdicha. Si dejamos esa vana búsqueda adicional muy pronto encontraremos a Dios, y en él hallaremos todo lo que anhelamos.

Eleva tu corazón a Dios con amor humilde y sincero, y búscalo a Él, y no a sus dones. Piensa en Dios y busca solo a Dios, solo por lo que Dios es. Esta es la obra del alma que más agrada a Dios.

Una de las cosas que más me cuesta es despojarme de la teología cuando oro. Estoy educado para pensar como teólogo, para bien o para mal. Pero cuando oramos no podemos impresionar a Dios con ideas sofisticadas. Él quiere nuestra alma desnuda y dependiente de Él. Lo que Él quiere es sencillez. Lo que quiere es que lo busquemos a Él y lo deseemos a Él.

“A Ti se aferra mi alma; Tu diestra me sostiene.”

Dios: el Tesoro más preciado

Cuando Dios dividió la tierra de Canaán entre las tribus de Israel, Leví no recibió ninguna porción.

A esta tribu Dios le dijo simplemente “Yo soy tu parte y tu heredad” (Números 18:20). Y por esta palabra Leví fue más rico que ninguna de las otras tribus, y que todos los reyes del mundo.

Aquí hay un principio espiritual universal. El hombre que tiene a Dios por su posesión tiene todo lo que es necesario tener.

Podrá carecer de todos los tesoros materiales, o si los posee, estos no le producirán ningún placer especial. Y si los ve desaparecer, uno tras otro, apenas podrá sentir la pérdida, porque teniendo a Dios tiene la fuente de toda felicidad. No importa cuántas cosas pierda, de hecho, no ha perdido nada. Todo lo que posee, lo posee para siempre en Dios.

Una oración

¡Oh, Dios! He probado tus bondades, y a la par que ellas me han satisfecho, me han dejado más sediento de ti.

Reconozco que necesito más y más gracia; reconozco y estoy avergonzado de mi falta de interés en ti.

Oh, Dios, quiero depositar mis más profundos deseos en ti; lléname de esos deseos por ti;  dame más sed de ti. Comienza dentro de mí una nueva obra de amor. Dile a mi alma: “Levántate, oh, amiga mía, hermosa mía, y ven”; te lo ruego mi gran Redentor. Dame la gracia necesaria para que pueda levantarme y seguir en pos de ti, elevándome por encima de esta tierra baja y nublada donde he andado errante tanto tiempo.

En el nombre de Jesús, amén.

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